viernes, julio 28, 2006

El Fin de la Eternidad


Este post es un análisis del libro “El Fin de la Eternidad” de Isaac Asimov. El artículo contiene datos y elementos que desvelan el argumento del libro. Si el lector prefiere no encontrar pistas, recomiendo que lea primero el libro.



SINOPSIS:

Andrew Harlan ocupa el cargo de ejecutor dentro de una organización conocida como la Eternidad que existe más allá del tiempo. Su trabajo consiste en ayudar en el cálculo de posibilidades para realizar cambios en el tiempo y también llevarlos a la práctica. La pertenencia a la Eternidad le protege de esos cambios y su status dentro de la organización es inmejorable. Puede modificar el tiempo y ser el único consciente de tales alteraciones. Un día, sin embargo, recibirá un encargo especial que le llevará a conocer a una mujer que cambiará su forma de entender el presente y sus relaciones con la organización se verán comprometidas.
El libro narra los últimos días de la Eternidad, la asociación que controla el destino de la humanidad y el tiempo.


INTRODUCCIÓN

Probablemente, esta novela sea una de las primeras historias de viajes en el tiempo que se hayan escrito donde existe una auténtica y sincera preocupación por cohesionar la historia y no caer en paradojas temporales, tan habituales en el subgénero. La solución de Asimov no es la única, pero dedica un esfuerzo considerable de líneas y párrafos para concretar con el lector una serie de reglas de juego que den sentido a la historia. Explica la vida de los Eternos en comparación con el resto de humanos y propone ejemplos de “causa efecto” posibles para detallar las posibilidades de la historia.

Uno de los puntos más interesantes que debemos comprender de la historia es que parte del supuesto de una paradoja temporal que ha sucedido previamente y que, de forma lógica, se perpetua en el futuro. Harlan será uno de los participantes en esa paradoja, junto con el resto de personajes que se relacionen con él. Algunos lectores aseguran que el libro podría ser una crítica al subgénero de ciencia ficción relacionado con viajes en el tiempo; bajo mi punto de vista no lo creo así. La historia juega sus mejores momentos buscando cerrar ese círculo de paradoja temporal y se convierte, a ratos, en una novela de misterio. El círculo se cerrará o no, dependiendo de las decisiones del protagonista y el clímax de la novela aparecerá hacia el final, cuando todo parezca indicar que la realidad no puede existir y, aún así, lo hace.


LA NARRATIVA

La historia se empieza a explicar desde la mitad. Las primeras descripciones coinciden con casi el final de la parte romántica donde se nos explica que Harlan está haciendo algo ilegal. A continuación, Asimov nos detalla los motivos y retomamos de nuevo la historia hacia la mitad, camino al desenlace final. El tema del libro no se hará evidente hasta la parte final, durante las últimas diez páginas.

Desde el punto de vista de la ciencia ficción, esta novela constituye una aproximación a lo que se conoce como la temática de viajes en el tiempo y paradojas temporales. Aunque pueda parecer obvio, esta temática resulta compleja y conduce a errores fácilmente. Escrita en 1952, Asimov consigue un buen grado de cohesión en la historia y se entretiene en explicar, bien en la narración o bien en boca de los personajes, algunos de los pilares o bases que sustentan su historia.


EL TEMA
Durante la primera parte del libro, carecemos de un tema explícito y podemos imaginarnos que el tema de libro tiene que ver con el destino, la fatalidad o la lucha de los dioses (eternos) por controlar el mundo a su libre antojo. La Eternidad siempre se muestra ante el espectador como algo natural, pero no por ello un lector inteligente pierde de vista el hecho de que lo que hacen está mal. La frialdad del narrador omnisciente cuando aborda ciertos aspectos también ayuda a que mostremos cierto espíritu crítico. No obstante, el libre albedrío y el destino no son, en esencia, un elemento completo, sino una de las partes de la historia.

El tema, sin lugar a dudas, los aclara el autor en boca del personaje de Nöys en el último momento. Asimov nos explica, de manera contundente y apocalíptica, que es en la dificultad cuando la raza humana es más fuerte y crece. El trabajo de la Eternidad y su intento de interferir constantemente en el desarrollo de la humanidad convierte a las personas y sus civilizaciones en culturas mediocres, lentas y atrasadas. Los errores, según nos explica el libro, son la manera de mejorar y alcanzar metas más altas. Sin equivocaciones no puede haber triunfo, sin fracaso no puede existir el acierto. Son caras de la misma moneda y cualquier intento por hacer el camino fácil, frenará y comprometerá a la especie humana. La lucha de la Eternidad por interferir en los aspectos más dudosos de las sociedades, son palos en las ruedas para el avance de esa sociedad, porque se les impide aprender de los errores.

El libro, de forma indirecta, también plantea críticas a aquellos que pretenden dirigir a la sociedad protegiendo a los ciudadanos de ellos mismos. Emana cierto reproche contra el sobreproteccionismo de las gobiernos o instituciones, encarnadas en el libro por la Eternidad y Twissell.


Noys dijo:
—Al impedir los fracasos de la Realidad, la Eternidad también impide el logro de los triunfos. Sólo haciendo frente a las grandes pruebas puede la Humanidad elevarse a nuevas y mayores alturas. Del peligro y de la aventura han salido siempre las fuerzas que han llevado al Hombre a nuevas y más grandes conquistas. ¿No lo entiendes? ¿No comprendes que al impedir las miserias y fracasos que torturan al Hombre, la Eternidad no le deja encontrar sus propias soluciones, difíciles pero provechosas, las soluciones verdaderas que se obtienen al vencer las dificultades, no al evitarlas?
Harlan trató de convencerla:
—Nosotros buscamos el Bien para el mayor número posible...
Noys le interrumpió:
—Supongamos que no se hubiese establecido la Eternidad.
—¿Qué sucedería?
—Puedo explicarte lo que habría sucedido.
Las energías que se consumieron en la Ingeniería Temporal se habrían dedicado a la ciencia Nuclear. La Eternidad no existiría, pero tendríamos el viaje interestelar. El ombre habría llegado a las estrellas unos cien mil siglos antes que en la Realidad actual. Las estrellas habrían estado aún inexploradas y la Humanidad habría conquistado la Galaxia. Habríamos sido los primeros.
—¿Y qué habríamos ganado? —insistió Harlan—. ¿Seríamos más felices?
—¿A quién te refieres? —dijo Noys—. El hombre no estaría solo en este mundo, sino en un millón de mundos. Tendríamos el infinito en nuestras manos. Cada mundo tendría su propio Tiempo, sus valores, la oportunidad de buscar la Felicidad a su manera y en su ambiente. Hay muchas clases de Felicidad, de Bien, una infinita variedad de propósitos. ¡Ése es el Estado básico de la Humanidad!

LOS PERSONAJES

Andrew Harlan

Harlan es un elegido y un privilegiado. De joven, fue sacado del flujo temporal para ingresar en la Eternidad, la sociedad que está por encima de los cambios temporales y que, precisamente, se dedica a provocarlos en nombre de la humanidad. Su interés por la historia le ayudará, sin saber bien por qué, para convertirse en ejecutor. Los ejecutores tienen una responsabilidad directa en los cambios del tiempo y, además, no gozan de buena fama en la Eternidad. Harlan crece infeliz y sin darse cuenta dentro de la Eternidad; y progresa en su trabajo porque es habilidoso en lo suyo. Una mujer cambiará su vida hasta el punto de enamorarse y cuestionar todo su trabajo y su propia vida. Constatará que el amor puede hacer que cambies radicalmente de opinión y te vuelvas en contra de todo en lo que antes creías firmemente. En algunos momentos, Harlan pasará de ser alguien respetado a un loco enamorado y celoso que se rebelará en contra de sus superiores y sus creencias para proteger a su amada Nöys.


El viaje del personaje constituye el cambio de opinión en su interior. Harlan personifica el camino que le conduce de ser un fiel adepto a un rebelde enternecedor, que luchará por lo que cree, a pesar de estar siendo manipulado por terceros. Resulta paradójico que Harlan siempre esté manipulado, ya bien sea por los Eternos o por el personaje de Nöys. Todos le utilizan para sus propios fines, aunque Asimov se encarga de dejar claro en la última escena del libro que la decisión es suya y que la toma por propia voluntad. El peso del destino de la humanidad recae en él y eso le abruma, como es natural, pero también somos testigos de que parece hacer lo correcto cuando llega el momento crucial.

En cierta manera, Harlan es el nuevo mesías que ayudará en la construcción de una humanidad alejada del control de la Eternidad y que dispondrá de un futuro, algo que no ha tenido antes. Tiene la oportunidad tanto de perpetuar la Eternidad como de destruirla y elige en función de sus creencias y su experiencia. Asimov deja bien claro que el destino del personaje está en sus manos y que toma libremente sus decisiones.


Nöys

Nöys será la amada de Harlan y personificará el otro lado de la moneda, el contrapunto a Twissell. Ella no es una humana cualquiera, ha venido del futuro, de más allá de la Eternidad para destruirla con la ayuda de Harlan. Su trabajo será manipular al protagonista o, siendo más suave, su misión será ofrecer a Harlan los datos suficientes para que decida, llegado el momento, si la Eternidad merece seguir existiendo.

Merece la pena recalcar que Asimov insiste en que ella ama a Harlan y que, de alguna forma, se aprovecha de eso para tentarle. Nöys simboliza a Eva, la primera mujer, que ofrece a Adán la manzana de la discordia que provocará la expulsión del paraíso. En esta ocasión no se trata de la expulsión del paraíso, sino la destrucción de una sociedad que no debiera de existir.


La Eternidad

Esta organización simboliza el sobreproteccionismo y la soberbia de la humanidad en el camino de protegerse a sí misma. Se nos presenta como una institución cruel, que está por encima del tiempo y también por encima del bien y del mal. Su nombre, ya de por sí, parece ostentoso porque no es cierto que sean eternos, también tienen límites.

La Eternidad se presenta ante el lector como una asociación con motivos más que dudosos y con un poder incalculable que destinan a un mal entendido servicio de la humanidad para protegerla de sí misma. Sólo la intervención de un grupo de humanos que lograron sobrevivir en una realidad paralela a la influencia de la Eternidad y que poseen un código ético más sensible, consigue destruirla con la ayuda de Harlan, dando título al libro: El Fin de la Eternidad.


CONCLUSIÓN

Se trata de un libro ameno, entretenido y que mejora conforme la lectura va avanzando. Durante la mitad, la acción sufre un pequeño bajón, pero superado ese bache llega la parte más interesante y que acaba enganchando al lector.

La novela se entretiene en algunos momentos explicando los conceptos que serán importantes tener en cuenta para comprender el universo que construye Asimov. No son, en muchos casos, imprescindibles para la comprensión del final, pero ayudan dotando a la historia de una base más sólida. El autor logra superar los continuos problemas de coherencia que tienen las novelas basadas en cambios temporales. Lo hace de forma tan simple que, terminada la lectura, tenemos una sensación agradable de cohesión interna y comprensión de los hechos.

El tema no es denso, aunque tampoco difícil de comprender. Aparece de forma gradual y, lo que un principio nos parece una historia simple, se acaba convirtiendo en una historia simple con mensaje. Se hace justicia y el final, por extraño que parezca, nos deja una sensación agradable, más dulce de lo que pensamos en algún momento de la lectura. Si lo reflexionamos, Harlan termina por destruir una sociedad entera en el futuro para, con la base de lo que resta, ayudar en la construcción de una nueva y más libre. El pasado al servicio del futuro, de un futuro mejor y el fin de una tiranía eterna.
Este enlace contiene un artículo más amplio:

sábado, julio 22, 2006

Grandes Villanos VI: Dr. Moriarty


Se dice que Sir Arthur Conan Doyle, creador del más famoso de todos los detectives privados del mundo, acabó cansado de escribir siempre alrededor de la figura de Holmes. No resulta difícil de entender que, como cualquier escritor de la época, deseara explorar otras muchas facetas de la literatura, pero sus fans no estaban interesados en que abandonara a su personaje más idolatrado. Un buen día decidió matarlo ¿Cómo te deshaces del más aclamado e inteligente de todos los detectives del mundo?

La primera idea que me viene a la cabeza sería que resbalara de la ducha; fácil y limpio. Aunque con toda seguridad, ni sería un final digno, ni un editor se atrevería a publicarlo. La solución de Sir Arthur fue algo más coherente, pero igual de simple que el resbalón; crear un igual al héroe capaz de derrotarle. El planteamiento del escritor se basa en un acto que, aunque no dudo que fuera reflexionado, denota algo de desesperación. Por un lado, necesitaba argumentar con precisión que la muerte de Holmes servía a un propósito y, en segundo lugar, le apremiaba la necesidad de que el honor del personaje se mantuviese intacto. De esa necesidad, surgió el Doctor Moriarty, enemigo acérrimo del detective y, según el propio Holmes, la mente más brillante después de él. En el libro, ambos se enfrentan cerca de las Cataratas de Reichenbach y mueren despeñados. El sacrificio de Holmes adquiere un sentido y le dignifica al mismo tiempo.

No es mi deseo entrar a juzgar las decisiones de Sir Arthur, simplemente necesitaba constatar el hecho de que a Holmes nunca le hizo falta Moriarty para alcanzar el éxito y, paradojas del destino, se le hizo indispensable para dar fin al héroe. Para la posteridad, su nombre va tan o más unido que el de Watson a la fama del detective. Puede parecer injusto y demuestra la fuerza que tiene un personaje antagónico dentro de la creación literaria. Sir Arthur no tenía la intención de robar protagonismo a sus personajes principales. Podría haber seguido narrando aventuras de Sherlock Holmes hasta su muerte y, tal vez, nadie hubiera echado de menos un villano a la altura del detective en esos libros.

Moriarty simboliza la inteligencia criminal. Hemos de tener en cuenta que hasta su aparición nadie es digno adversario para Sherlock Holmes. Los casos se suceden ante la voraz lectura de sus seguidores, sin que nadie eche de menos cierta dificultad añadida o, en su caso, un antagonista digno. Moriarty lo es y otros después de Doyle le acabarán usando como una herramienta para afianzar la leyenda de su personaje. Al amparo de la insistencia de sus lectores, Sir Arthur retomará las historias de Holmes antes de su encuentro con Moriarty y dará algo más de protagonismo al villano, pero no demasiado.

A Moriarty hemos de estudiarle a partir de su aparición en 1893. A diferencia de malvados anteriores al siglo veinte, Moriarty se nos presenta como un casi perfecto “gentleman”. Se le describe como una persona seria, apacible y con aire de reptil. También sabemos que cierto halo tétrico envuelve su presencia, no en vano es el dirigente de la mayor organización criminal de la época. Holmes dice de él que es “El Napoleón del Crimen” y como no dispone de fuerza bruta, tiene un lacayo a su servicio, el Coronel Sebastian Moran. No debiera extrañarnos teniendo en cuanta la época; hoy podemos pensar en grandes redes de extorsión que desarrollan complejas ramificaciones por el mundo; no obstante hace ciento quince años, la maraña que se describe Doyle en boca de Holmes resulta aterradora e impresionante. Hoy la mafia siciliana nos ha insensibilizado ante tales barbaridades. Por eso, precisamente, le llama Napoleón y la analogía no resulta casual: los ecos de la época napoleónica, que todavía recorrían las pesadillas de algunos británicos de finales de siglo, resultaba amenazador para los oídos británicos y golpeaba con fuerza para dotarle de un aspecto siniestro.

A pesar de todo lo dicho, todavía hay algo que sorprende en esa época y es la creación de alguien tan inteligente como personaje malvado. La inteligencia y, por otro lado, la flema británica hacía impensable que un matemático eminente y de prestigio como Moriarty – sí, es doctor en matemáticas – fuera alguien perverso y malvado. Insisto en que hoy no parece tan extraño; debemos situarnos en la ficción de finales del diecinueve. El choque de trenes que propone Sir Arthur Conan Doyle entre dos intelectos tan distintos y afines al mismo tiempo debió resultar irresistible para la época y, tal como pretendía el autor, el final digno que terminara con la vida de su personaje más aclamado.

Con el tiempo, el cine o la televisión se han encargado de enfatizar ese “archienemiguismo” con la intención de vender más y mejor los distintos productos que han ido saliendo y, como era de esperar, en mayor o menor medida han coqueteado con la enemistad entre Holmes y Moriarty. Han dado una impresión muy errónea de la verdad. El resultado ha sido retorcido en algunos casos, porque se ha enfatizado la figura de Moriarty, más de la que éste disfrutó en vida de su autor. En el lado positivo, la literatura dispone de un villano digno y respetado por el público – respetado en la idea de temido. En el lado negativo, tenemos culturalmente una idea poco veraz de la relación entre ambos personajes. A la larga, creo que ese ha sido un mal menor.

Personalmente, creo que Moriarty sobresale con valentía y descaro en dos libros que eclipsan la obra completa de Holmes ( “El Problema Final” y “El Valle del Miedo”), no desde el punto de vista literario sino del contenido. Resulta paradójico la voracidad del personaje, que sólo puede explicarse por la grandeza de Holmes. Me explico; construir un enemigo para un personaje tan amplio como Holmes, implica dignificar directa o indirectamente a su oponente. Por el hecho de situarlo a la altura de Holmes, adquiere ante la mirada del lector un status que no hubiera tenido de empezar al mismo tiempo. Así que Moriarty se aprovecha del éxito Holmes para irrumpir con fuerza y seriedad en la literatura de ficción. No olvidemos tampoco que si Holmes es el abuelo de las novelas de detectives y el precursor del género, Moriarty también lo es en su ámbito: la mente criminal del siglo.

Debemos aprender de Moriarty como malvado poco histriónico o estridente, que usa el recurso del que dispone para su propio beneficio personal. Es el precursor de una nueva era de maldad literaria en la que predomina la mente por encima de la fuerza para su provecho personal. ¡Quién sabe! Tal vez Moriarty fuera una avanzado a su época, aunque de lo que no me cabe duda, es que hoy hay muchos Moriartys en este mundo actuando de forma egoísta para su propio beneficio y pocos Holmes que puedan contenerlos.

sábado, julio 15, 2006

De Esta También Nos Levantaremos


El primer editor de Asimov le dijo que tardaría más de 10 proyectos en lograr publicar una historia en su revista. Con algo de suerte, sólo necesitó cinco intentos para que aquel hombre se comiera sus palabras. ¿Cómo lo logró? Simple. Observando la realidad.

Trabajando para una universidad tuvo acceso a un buen número de cartas en las que gente normal y corriente expresaban su malestar por el continuo avance de la ciencia en aquella época. Tenían miedo al progreso; los avances científicos les producían vértigo y una poderosa sensación de pérdida de control y degradación moral encendía sus temores más íntimos. El mundo avanzaba más rápido de lo que lo había hecho nunca y muchos parecían incapaces de aceptar el desafío de una realidad tan efímera y cambiante.

"Con el tiempo, cuando esta borrachera tecnológica termine, las aguas volverán a su cauce; como siempre ha sido y como debe ser"

"Me decepciona ver como la industria de Hollywood suple sus carencias y se vende por treinta monedas de plata, que es el valor de la factura de un estudio de animación digital"

Asimov escribió una historia corta que trataba de la obcecación de un científico trabajando para una sociedad incapaz de aceptar el avance de la ciencia y que rechazaba su trabajo. Al final, los frutos de este personaje calan tan hondo en la colectividad que vuelven a abrazar los esfuerzos y avances de la comunidad científica y a potenciarlos como parte de su cultura. Partiendo de un tema simple: el miedo al cambio; el escritor americano alcanza un objetivo ambicioso para cualquier escritor; alzarse como observador de una conducta humana y hablar de ella bajo un prisma personal en el trasfondo de una aventura imaginaria. La clave reside en que el tema elegido por el escritor era y es universal. Pudo aplicarse en mil novecientos treinta y ocho, como también pude aplicarse hoy en dos mil seis. No importa si se escribe en clave de ciencia ficción o novela realista; en ambos casos el tema trasciende la anécdota.

La ciencia ficción no es un reducto de consumidores que desean ver naves espaciales y batallas galácticas por encima de cualquier otro elemento. Tampoco es un género en el que los medios o recursos puedan superar al contenido que los autores van a mostrar. En otras palabras, la ciencia ficción no puede ser un disfraz que ayude a tapar las carencias de escritores o guionistas; aunque es precisamente eso lo que parece desde hace algunos años. Últimamente nos hemos visto obligados a soportar una batería de películas en las que los efectos especiales priman por encima de todo rastro de cordura o reflexión, y logran encandilar a aquellas personas que sólo desean distraerse viendo una película. No me parece preocupante, aunque admito que me decepciona ver como la industria de Hollywood suple sus carencias y se vende por treinta monedas de plata, que es el valor de la factura de un estudio de animación digital. Esas treinta monedas se rentabilizan con cierta facilidad y prima la ley del mínimo esfuerzo. ¿Quién nos lo iba a decir hace veinte años? Que los efectos especiales iba a ser lo más sencillo de producir.

Como decía antes; no me parece preocupante el fenómeno de los efectos especiales porque, con el tiempo, “volverán las historias a nuestros balcones su nidos a colgar”. Sospecho que es una mala racha, como sucede en todos los campos y como sucedió en la literatura de ciencia ficción americana durante los años cuarenta y cincuenta, que se llenó de naves espaciales y viajes en el tiempo. Pongamos dos ejemplos, cada uno en un extremo de la balanza. Tenemos “Matrix” en primer término; una película con contenido que hace un uso intensivo de la tecnología digital. Pongamos en el segundo extremo a “Van Helsing”, un bodrio de historia que no sólo insulta al personaje sino a los seguidores y lectores de literatura fantástica.

Matrix es un ejemplo del uso de la tecnología al servicio de una historia. No negaré que quizás sobreactúan algunas veces, pero existe una reflexión profunda alrededor de la historia; tan antigua como Platón o Calderón de la Barca, ¿La vida es sueño? Por otro lado tenemos “Van Helsing” ¿Alguien podría explicarme si quisieron decirnos algo con esa película? Yo creo que la hicieron simplemente para divertirse y ganar dinero; unos monstruos por aquí, dos efectos por allá y tenemos un taquillazo asegurado. Nada importó a los responsables de la película destrozar a un digno personaje de literatura fantástica. Ni siquiera pidieron perdón.

Por lo menos, hoy ya disponemos de la tecnología y esta cada vez será más y más barata y fácil de producir. Con el tiempo, cuando esta borrachera tecnológica termine, las aguas volverán a su cauce; como siempre ha sido y como debe ser. Volveremos a disponer de temas e historias interesantes bajo el prisma único y casi ilimitado de la ciencia ficción. Disfrutaremos de historias de amor, de terribles venganzas, de atroces injusticias y volveremos a iniciar la rueda en el mismo lugar donde la dejamos. Saldrán nuevos escritores con ideas nuevas y con un amplio bagaje que, como Asimov hace setenta años, percibirán un tema y dispondrán de los medios para hacer una presentación digna.


sábado, julio 08, 2006

Grandes Villanos V: El Fumador


“Puedes matar a un hombre, pero no puedes matar la idea que defiende. No sin antes doblegar su espíritu. Eso es algo hermoso de ver.” “Todo aquel que puede apaciguar la conciencia de un hombre, puede llevarse su libertad.”

El Fumador es el antagonista más reconocido de la serie de ficción “Expediente X”. Recibe este nombre porque siempre se le ve con un cigarrillo en las manos y rodeado de una espesa columna de humo. Dentro de la serie, constituye el personaje contrapuesto al héroe, Fox Mulder. Conoce y participa activamente en una conspiración para ocultar la existencia de vida extraterrestre y encubrir a un consorcio de intereses que van desde gobiernos a entidades privadas. Se trata de un hombre que no parece responder ante nadie y que es capaz de sacrificar, incluso su vida, para lograr sus intereses. Aquello que protege está por encima de él y todo lo demás.

Analizando el personaje dentro de la serie, el Fumador adquiere un protagonismo que se contrapone a su enemigo de forma natural. Mulder es un gran defensor de la verdad y cree en “La Verdad” como si de una religión se tratara. Este villano, en cambio, no sólo defiende lo contrario, sino que participa de forma activa y directa para que el protagonista de la serie no logre sus objetivos. No es que insinúe que le falte personalidad, al contrario; el Fumador se acaba convirtiendo en un personaje complejo y con algunos matices que detallaré, pero es innegable que Carter construyó este personaje a la medida de su héroe y para su héroe: Mulder. Tanto es así, que hay momentos en los que se insinúa y afirma que el padre biológico de Mulder es el Fumador para intensificar ese antagonismo.

¿Qué simboliza el Fumador? Se trata de una respuesta compleja. En primer lugar, la mentira, por contraposición a la verdad. El Fumador es un maestro en encubrir y manipular para lograr los objetivos que desea. Para ello tampoco duda en sacrificar a quien haga falta: gente inocente, miembros del gobierno o incluso a su propia familia. La segunda idea que simboliza el Fumador es el mito de fausto trabajado y presentado de una forma muy simple, pero efectiva a los ojos del espectador con el hábito de fumar. El Fumador ha vendido su alma al diablo y está corrompido hasta las entrañas. El humo del tabaco es su tarjeta de visita. En tercer y último lugar, el Fumador también simboliza la soberbia.

Hace unos años, la imagen que tenía de este personaje era la de un ajedrecista agresivo que jugaba una partida de forma brillante para proteger a su rey. Hoy no lo tengo tan claro, pero la imagen ayuda a entender que el Fumador juega para proteger algo y cualquiera que se acerque a su rey puede morir o salir herido. La idea que me confundí con la partida de ajedrez, es la falta de escrúpulos del Fumador. Una falta de escrúpulos que se combina con una telaraña de mentiras, tan numerosas como crueles en algunas ocasiones. No existe tal partida de ajedrez, porque el Fumador manipula las reglas a su antojo para lograr sus objetivos: encubrir la existencia de vida extraterrestre. No hay mentira pequeña, ni insignificante que no le ayude en ese objetivo y que, por tanto, no se atreva a usar. De todas formas, saldrá impune.

Muchas veces intento catalogar a los personajes malvados dentro de los siete pecados capitales. Los personajes malvados de ficción acostumbro a catalogarlos en tres campos: el primero suele ser un cóctel triple de ira-odio-venganza, el segundo, también muy típico, es el de la codicia. El tercero, mucho más complejo si se construye correctamente, constituye la soberbia. El Fumador representa un caso de soberbia puro y duro, porque es el celote que esconde y guarda una realidad que nadie puede ni debe conocer. Él no se ve a sí mismo como una víctima más de aquello que protege, sino como el guardián y protector de una causa que ha jurado defender. Existen aquellos que conocen la verdad, los que la desconocen y luego está él como el guardián de la mentira y apóstata de la sociedad que dice defender. El Fumador lleva mucho más allá la línea de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, hasta convertirla en un “todo por el pueblo porque yo hago que sea así”. Ejerce la depravación del patriotismo que denunciaba Wylde; sazonado con soberbia y orgullo.

El juego que practica dentro de la serie gira en torno a sus valores morales en contraposición a los valores que representa el héroe. Su encanto proviene de conocer las respuestas a unas preguntas que tanto los seguidores como los protagonistas de Expediente X buscan. No es extraño, por tanto, que algunos fans se hayan declarado enemigos; especialmente aquellos que ansían encontrar la verdad tanto como los protagonistas. El juego “héroe contra antagonista” se convierte en un trío que incluye al espectador, porque el Fumador es el último bastión de la verdad que tantas veces Mulder ha buscado en compañía de terceros. El Fumador es algo más que un villano al que se pretende derrotar. El espectador desea sonsacarle la información que precisa para una mejor comprensión de la mitología de Expediente X. Personalmente, me encantan las escenas de la serie en las que el Fumador hablaba con el Sindicato. Los guionistas solían darle frases interesantes que prolongaban la sensación de decir: “Aquí todos sabemos de lo que estamos hablando”; mientras el espectador aguardaba algo más.

Otro de los aspectos interesantes del personaje y que agudizan la sensación de soberbia, lo forman sus últimas intenciones. El Fumador disfruta de una vida miserable en la que su único objetivo es que el proyecto o la gran conspiración para la que ha trabajado toda su vida triunfe por encima de todo. No tiene remordimientos, ni sospecha que se ha equivocado de bando, porque le resulta irrelevante. Equivocado o acertado hay en él una determinación que sobrepasa los límites de la cordura y le confieren un carácter maligno y grotesco. Como decía antes, no sigue adelante por codicia, ni por ira, ni por venganza. Lo suyo es pura soberbia y orgullo. Cuando decide que hará una tarea, la llevará hasta el final, hasta sus últimas consecuencias y eso no le impide destrozar a su familia, a sus amigos o a la gente que le rodea.

Una de las preguntas más interesantes gira alrededor del cigarrillo y el tabaco. ¿Qué funcionalidad ejercen dentro de la serie y el personaje? Situemos las serie en 1994, donde todavía las leyes antitabaco no habían surgido con la fuerza que tienen en este siglo. Personalmente, opino que el tabaco simboliza la absoluta corrupción del personaje y también su podredumbre moral. Se trata de un hedor que le persigue y, a menudo en la serie, esto se simboliza con la colilla de un cigarrillo dentro de un cenicero. El Fumador ha estado allí y todos lo saben. Todos los malvados utilizan una marca para distanciarse. La serie Expediente X forjó un cambio en la manera de entender la televisión; dando protagonismo a personajes cultos e inteligentes, pero con los que al mismo tiempo cualquier espectador podía identificarse. Esta cotidianidad dentro de lo extraordinario relega al cigarrillo como un elemento fuera de la esfera, ya que se supone que una persona inteligente no debiera fumar. Sé que esta idea es discutible, pero no por ello deja de tener sentido. Sólo el Fumador, un hombre inteligente y malvado, sería adicto al tabaco y sucumbiría a tal adicción.

La fuerza del personaje no reside única y exclusivamente en su cigarrillo, ni en el hecho de que anteponga el proyecto a todo lo demás y mate sin reparos. El Fumador admira a aquellos que tienen tanta o más convicción que él y se insinúa en la serie que se ha enfrentado a este tipo de personas. No se trata de asesinar al hombre, sino también a la idea. El Fumador es consciente de que las convicciones son algo peligroso, para muestra él mismo. Su orgullo no le permite contentarse en disparar; debe destrozar la moral de aquél que represente la idea, hundirlo para, finalmente, liquidarlo sin que nadie le siga. Al menos, esa siempre ha sido su excusa para no matar a Mulder. En sus propias palabras: no basta con matar al hombre, primero se ha de doblegar su espíritu.

De las cualidades o rasgos más odiosos de este hombre, sospecho que el mayor es su insultante impunidad. Tiene que ver con la soberbia de que hablaba anteriormente, esa sensación que siempre muestra y que nos lleva a pensar que está por encima de la ley. Como buen malvado, esas pequeñeces le traen sin cuidado y no le rondan por la mente. Antes ya lo he comentado; existen las leyes, pero él no se siente obligado a cumplirlas. Son correctas para los demás; él se encuentra por encima.

¿Es un mártir tal vez? Esa es una pregunta que me ha carcomido durante bastante tiempo. El Fumador – esa es mi opinión – no se ve a sí mismo como alguien que se haya sacrificado, porque su trabajo lo ha hecho con convicción y los sacrificios le han parecido inevitables. En segundo lugar, no creo que haya soberbia en el martirio, sino más bien un odio o un miedo irrefrenable. Lo que sí me parece el Fumador es un fanático y un suicida de largo recorrido, alguien que ha ofrecido voluntariamente su vida para una causa dudosa y que le ha conducido a no tener que rendir cuentas a nadie. No personifica a un mártir porque al final del camino no obtendrá la redención y él lo sabe.

Existen muchas similitudes, sospecho que algunas por accidente, con un demonio: el humo del cigarrillo o las mentiras que acostumbra a decir, su impunidad etc. Hay una que no puedo resistirme a comentar, porque me resulta bastante llamativa. Se acostumbra a decir que la mayor hazaña del diablo consiste en haber convencido a la humanidad de que no existe. En el fondo, el Fumador hace lo mismo. Su trabajo consiste en tapar o cubrir la presencia de gente como él y, además, en maquillar la conspiración para la que han dedicado toda su vida. Así como muchos no creen el diablo, el Fumador logra que nadie crea en la conspiración que Mulder y Scully intentan destapar.

Admito que hay muchos paralelismos entre el diablo y el Fumador, aunque me resisto a creer que Carter o los guionistas que trabajaron en la serie quisieran ofrecernos esa imagen. Creo que buscaban un referente dentro de la conspiración que sirviera de faro en la cruzada en pos de la verdad que Mulder acometía y acabaron construyendo un personaje atípico y útil. De hecho, cuando la conspiración termina fracasando (más o menos) durante la sexta temporada, el Fumador desaparece de escena. Se trata de una prueba con fundamento de que el terceto Mulder/Fumador/Conspiración conformaban un eje bastante bien vertebrado. En el momento que cae la conspiración, le sigue el Fumador y Mulder en la octava temporada.

William B Davis, el actor que dio vida al Fumador, me parece que fue uno de los pocos que acabó por comprender la esencia de sus personaje y nos mostró un apoteósico final en el capítulo 7x15 titulado “En Ami” que él mismo escribió. En el episodio nos ofrece todas las virtudes del personaje y una moraleja triste y cruel. En ese capítulo vemos sus mentiras sin tapujos, constatamos su falta de escrúpulos y también su cara más manipuladora y seductora de serpiente. Tienta a Scully y no a Mulder, porque sabe las debilidades de ella y las usa a su favor con una maestría retorcida. Davis ofrece un final adecuado al personaje y demuestra que le comprende, cuando fuerza al Fumador a destruir una de las últimas pruebas de la conspiración y que, además, contiene la cura de su cáncer terminal. Davis sabe perfectamente que no hay redención para su personaje y que en su naturaleza está el ímpetu de destruir cualquier prueba de la conspiración, al precio que sea.

Me sabe mal no haber detallado más al personaje porque pretendía que los seguidores ocasionales de la serie pudieran comprender mejor al personaje. Espero poder escribir en el futuro algo más detallado y reflexivo. No será fácil.

domingo, julio 02, 2006

Reflexiones de la Primera Temporada Expediente X


El episodio piloto jugó al despiste con los espectadores días antes de emitirse y, bajo mi punto de vista, sólo sirvió para dar una publicidad que, a la larga, se demostraría innecesaria. Se anunciaba como si fuera una especie de documental, probablemente con la intención de atraer a un público con mentalidad más abierta y no sólo a los seguidores de ciencia ficción. Me gustaría recordar que el primer episodio se anuncia como si estuviera basado en hechos reales. Tal vez funcionara, pero demuestra – al menos esa es mi opinión – que escaseaba la confianza. Lo confirma, por ejemplo, el comentario que leí hace tiempo de Mark Snow (compositor de la música) en el que daba fe de la cara de asombro de los productores de la Fox cuando Carter y él mostraron la sintonía por primera vez. Aunque Carter se mostrara inflexible y se negara a negociar ese punto, meses más tarde los mismos temerosos lucían una sonrisa de confianza y repetían una y otra vez que nunca jamás habían dudado del éxito de la sintonía. Había reparos y pocas ganas de arriesgar, como suele suceder cuando te estás jugando dinero. La jugada para atraer más público fue poco elegante, pese a que consiguió su objetivo final. Se buscó a un espectador interesado en el fenómeno ovni o en la ciencia ficción, para servirle después una serie de misterio que a la larga dejaría el tema ovni, para centrarse en extraterrestres y conspiraciones para encubrirlo.

La cortina de humo que tejieron funcionó y durante los primeros episodios vimos como los agentes del FBI iniciaban un flirteo con ovnis y demás fenómenos casi extraterrestres. Por fortuna, Chris Carter tenía en mente una segunda fórmula para que no quedara todo en manos de platillos volantes y conspiraciones más allá de toda credibilidad. Siguiendo un formato extraño, poco visto y aunque no nuevo, la serie tomó dos líneas de desarrollo: la que continuaba la trama de la conspiración o mitología, y el resto de episodios en los que simplemente se debía investigar un caso. Estos últimos fueron conocidos como los episodios “del monstruo de la semana.” La serie estaba montada y definida sobre la base de un misterio que se debía investigar y descubrir. Ahora sólo faltaba apuntalar dos temas relevantes: guiones razonados y coherentes y, en segundo lugar, definir correctamente a los personajes dentro de las historias.

Con toda seguridad, los guiones tuvieron altos y bajos muy remarcables. Dentro de la primera temporada cohabitan algunos experimentos y desaciertos en medio de episodios memorables. Antes que nada, deseo dejar bien claro que opino que las historias se deben medir en función de unos parámetros temporales y espaciales. No podemos juzgar de la misma forma un guión de la primera temporada que de la sétima. Sería demasiado injusto. Muchas historias fueron concebidas, precisamente, para sentar las bases de la serie. Entre esos objetivos destacaba el hecho de instar a los espectadores a dudar entre lo que opinaba Mulder, como representante del lado más fantasioso y lo que opinaba Scully, como figura científica y persona más racional. Aunque no nos engañemos, el punto de vista que debía interesar al espectador y el lado que preferían la mayoría de historias era y fue el de Mulder.

Mulder es siempre un protagonista famélico en las historias. El espectador ve lo que está sucediendo y sabe quién tiene razón. No quiero extenderme demasiado en este aspecto porque podría ser un argumento para otro artículo. Baste remarcar que, ya desde un buen principio, Scully personifica la voz de la razón y del sentido común dentro de un cúmulo de historias que tienen poco de racional. En ese aspecto el personaje femenino sostiene a la temporada y actúa de faro para que los guionistas no se vayan demasiado al terreno de la fantasía y las historias y guiones se dejen atar.

Los buenos guiones de esta temporada forman parte, en su mayoría, de la mitología, aunque existen excepciones como el personaje de Tooms (Monstruo de la Semana) o el bicho del episodio #1x07 Hielo. El resto de monstruos no brillan tanto como en la segunda o tercera temporada. No hay que reprochar nada. Siempre he sostenido que las primeras temporadas de cualquier serie acostumbran a ser algo ingenuas, porque se acaban por decir o hacer cosas que a la larga, cuando mejores o peores historias han desfilado y los personajes se han hecho mayores de edad, sonrojan y lucen demasiado inocentes. Expediente X no es ninguna excepción. Demasiados capítulos tratan de antiguos conocidos, novios olvidados y ex compañeros de trabajo. Todo ello sazonado con algunos clichés que son un pretexto para los actores y guionistas, que buscan la forma de adaptar los personajes e ir sacándoles el brillo que se verá más adelante. Se intentaba establecer una química entre los dos compañeros de trabajo y el público. Opino que, eso por lo menos, sí se consigue en esta primera temporada. ¿Tanto para encandilar? Seguramente hoy, si se repitiera la fórmula, no estoy seguro de que funcionase. En 1993 sí que lo lograron.

Una de las claves de la popularidad, bajo mi punto de vista, fue no dar demasiada importancia a la conspiración y sí al monstruo de la semana. Las simplicidad de las historias de monstruos ayudó a que los espectadores digirieran mejor el contenido. Si se hubieran excedido en la complejidad de la conspiración, muchos espectadores habrían huido agotados, como a la larga sucedería con la serie a partir de la sexta temporada. La clave en esta temporada reside en que, aunque ingenuas, las historias malas se entienden perfectamente.

¿Cuáles fueron los motivos que hicieron de la serie un éxito? Como ya dije anteriormente, el trabajo de los guionistas y los actores con los personajes, probablemente sea el mayor responsable. Pocas veces antes, una serie había tenido dos únicos protagonistas principales, un hombre y una mujer. No al menos en series dramáticas. Un mal paso podía dar al traste la delgada línea entre el acierto y el traspiés. Con un creador y varios escritores, dos actores y dos protagonistas; las historias fueron parte de la clave, tanto la idea de la conspiración como las ganas de ver un misterio paranormal o de ciencia ficción. La pantalla nos mostró lo que verdaderamente había: una serie promesa (con muchos temas abiertos a la interpretación) en estado algo virgen y que se ceñía a los personajes y sacrificaba la acción a favor del misterio. La serie invitaba al espectador más inteligente y al más simple, sin necesidad de que se pudieran reprochar nada. Ambos tipos de espectador lograban sorprenderse y eso captaba la atención de un público de amplio espectro y muy heterogéneo. Los había que preferían el misterio, otros la conspiración, algunos la forma en que se explicaban las historias y muchos la manera en que cohabitaban de forma extraña misticismo e inteligencia.

La entrada de un personaje como “Garganta Profunda” ofrece una perspectiva única, aunque no tendrá demasiada continuidad más allá de esta temporada. El confidente de Mulder empieza a relacionarse con él antes que su enemigo, el Fumador, quien robará ese protagonismo para instaurar una especie de reinado como antagonista a partir de la segunda temporada. Una vez desaparecida la principal fuente de información, el trabajo del agente del FBI tendrá que ser más correoso y difícil. Garganta Profunda colabora en establecer un serie de guiños entre los personajes y los espectadores. Pero el peso del personaje en sí resulta poco profético y demasiado mesiánico porque dispone de todas las respuestas que no sólo Mulder busca, sino también el espectador. Estábamos a un simple comentario de saber la verdad y los guionistas se vieron forzados a eliminarle.

A diferencia de muchas historias de ciencia ficción donde el protagonista recibe los conocimientos o la información y sólo necesita pruebas. Mulder deberá buscar tanto las preguntas como las respuestas. El nivel de dificultad es enorme y forma parte del hilo argumental que se entrevé por encima de los episodios. Al espectador se le presenta una conspiración y un juego de episodios para intentar resolverla, como si fuera una puzzle a base de pequeños destellos cada semana. La intriga está servida y adornada con episodios fáciles y una promesa de misterio que se desarrollará, especialmente, a partir de la segunda y tercera temporada.

Los mejores episodios de la primera temporada tienen que ver la mitología de la serie. Destacaría principalmente estos:

1x01 Garganta Profunda (Conspiración)
1x02 Escurridizo (Monstruo de la Semana)
1x07 Hielo (Monstruo de la Semana)
1x09 Ángel Caído (Conspiración)
1x12 Más Allá del Mar (Monstruo de la Semana)
1x16 Ente Biológico Extraterrestre (Conspiración)
1x23 El Frasco de Erlenmeyer (Conspiración)


¿Qué tienen en común estos episodios para que destaquen? Son prototipos, por no decir estandartes, del tipo de guión que requiere la serie. Contienen suspense y un misterio interesante que hay que resolver en el que los personajes, Scully o Mulder, son llevados al límite. En segundo lugar, los personajes se desenvuelven con mucha naturalidad dentro del guión y se muestran coherentes y fieles ante los eventos. Mulder lucha por descubrir una verdad que desafía la lógica o que demuestra sus creencias, mientras que Scully intenta alumbrar la historia desde el punto de vista científico. Una última característica importante que tienen en común estos episodios es que disponen de dos tipos de finales, uno abierto para la historia y otro cerrado para los personajes. Como ejemplo, en el episodio 16 Mulder llega tarde al lugar donde está el extraterrestre y el episodio termina, aunque todos sabemos que tendrá otras oportunidades más adelante. El episodio concluye mal por norma, pero la historia siempre queda abierta.

Resumiendo, se trata de una temporada con dudas y algunas pruebas en las que se empieza a discernir el tipo de historias que irán cuajando durante el resto de la serie. Los personajes nacen bien definidos y lo interesante será ver el proceso de relación que establecen entre ellos y que forma uno de los pilares donde se sustenta el éxito de la serie. Abundan las historia de monstruos, en detrimento de la conspiración. La conspiración nace del fenómeno ovni y de las abducciones hasta engrosar la idea con extraterrestres y conspiraciones gubernamentales. Tal vez los guionistas tuvieron problemas en encajar a un personaje como Garganta Profunda y por eso frenaron la creación de guiones de la mitología. Lo mejor de la primera temporada fue la expectación que generó en un tipo de público muy variado, lo peor tal vez la ingenuidad de los comienzos y la prudencia del equipo de producción. Lo que es innegable es que la aparición de la serie supuso un hito en la historia de la ciencia ficción del que todavía se hablará durante años.



sábado, junio 24, 2006

En Tierra de Molinos y Ovnis



Puede que, cuando Chris Carter ideara a Mulder y Scully, creyera que había creado algo nuevo y original. Tal vez pensara que había descubierto una mirada distinta y original a finales del siglo XX. Hablo en forma subjuntiva porque, evidentemente, desconozco lo que rondaba por la cabeza del creador de la serie Expediente X. Quinientos años antes, alguien ya había intentado algo parecido y le fue bastante bien.


Mulder es a Don Quijote, lo que Scully a Sancho Panza. Entiendo que se trata de una premisa agresiva y plagada de excepciones, pero la metáfora se entiende perfectamente y ayuda en la comprensión de la perspectiva de la serie de televisión. Existen grandes diferencias, lo admito. Don Quijote es un loco en un mundo real, mientras que Mulder parece estar loco en un mundo que vive bajo el engaño. Aunque también existen grandes similitudes como Sancho y Scully que aportan cordura y serenidad a ambos protagonistas. Ambos cuerdos tienen raíces muy diferentes. Sancho simboliza la sabiduría popular de la época, la del hombre campesino y rural. Scully representa el conocimiento científico, basado en las leyes de la lógica y la ciencia. Son dos cuerdos distintos, pero que comparten la afinidad de ser referentes de la época para el sentido común.

Don Quijote responde a la premisa del hombre que ha sucumbido a la locura, tras años de ociosa lectura y alucinaciones. Es un loco gracioso y casi inofensivo en un mundo irreal que le supera. Mulder, en cambio, cree en una realidad distinta, pero vive una vida auténtica. Ante los demás, ambos están chalados y ahí reside su particularidad. La verdad para Mulder es tan sagrada como la vida misma, tan sagrada como los votos de caballería para Don Quijote. Ellos no se creen locos, no pueden. Luchan por que la gente vea el mundo tal y como ellos lo hacen, pero resulta una labor tan infructuosa como inútil porque siempre les supera.

Scully y Sancho comparten muchos más nexos de unión. En primer lugar, son los encargados de recoger los pedazos que quedan cuando sus compañeros fracasan. En segundo lugar, ambos se esfuerzan por hacer entrar en razón al otro, pese a que resulte una labor imposible y sacrificada. Ni Sancho, ni Scully serían tan venerados si faltara su opuesto, porque de ellos reciben la genialidad. Seamos sinceros, Sancho no sería nadie de no acompañar a su señor y, por el otro lado, Scully no dejaría de ser una agente del FBI de no haber conocido a Mulder. En tercer lugar, y no por ello menos importante, ambos demuestran una fidelidad que va más allá del deber y un respeto que sobrepasa los límites razonables. Sendos escuderos alcanzan una devoción más mística que humana.

Y ahora que ya me he metido en el charco y el lodo me sale por las orejas, me trae sin cuidado profundizar un poco más en las similitudes de “El Quijote” y Expediente X; aún a riesgo de escandalizar a los más heterodoxos lectores. No pretendo – no es al menos mi intención, - ensalzar la serie de televisión a costa del libro. No sería lógico porque el mérito de la serie está mucho más repartido y depende de productores, actores, directores etc. Que nadie saque esta lectura, especialmente con lo que voy a exponer a continuación.

Tanto el libro como la serie explotan el concepto de los dos personajes, el cuerdo y el loco que emprenden un camino del que no saben donde les puede llevar, ni como acabará. A diferencia de las obras clásicas que ensalzaban la figura del héroe o el protagonista, Cervantes propone un binomio. No soy experto en literatura clásica, pero me atrevería a sugerir que es uno de los precursores en este campo. A diferencia de clásicos como el Cid o, algo más antiguos, como Ulises y Eneas, donde el protagonista es un solo hombre contra su destino. Algo similar ocurre en la serie. Carter construye la serie pensando en los dos protagonistas, algo inaudito en la televisión. Recordemos que hasta la octava temporada, en los títulos de crédito Anderson y Duchovny son los únicos que aparecerán en la placas del FBI. En ambos casos, los protagonistas inician su particular camino hacia lo desconocido como protagonistas de la serie, con la misma importancia, aunque sea una formalidad (Opino que Mulder es mucho más protagonista que Scully). Los dos participan de un viaje ; tienen un camino que deberán recorrer y afrontan un destino que parece escrito a sus espaldas.

El Quijote, además de muchas otras cualidades, supuso el fin de la novelas de caballerías. No es que dejaran de leerse, al contrario siguieron leyéndose durante mucho tiempo, pero sí que dejaron de escribirse porque ya no tenía demasiado sentido. Cual moda, desaparecieron de los tinteros de los escritores y, quizás, Cervantes contribuyó a mejorar la literatura del siglo de oro español. No nos engañemos, las comedias de capa y espada siguieron representándose como forma de diversión; pero muchos escritores optaron por profundizar más en los temas con Cervantes y Shakespeare como referentes universales.

Algo parecido supuso la serie en la televisión. Hay un antes y un después de Expediente X donde la inteligencia y el factor psicológico desempeñan un factor más importante en la trama. Se han seguido haciendo culebrones y comedias familiares; en ese aspecto nada ha cambiado, pero la manera de tratar a la ciencia ficción sí lo ha hecho desde entonces. Sin duda alguna, se superó el estereotipo de los actores en pijamas y hoy valoramos mucho más el contenido emocional de las series de televisión y la importancia de los personajes como elementos que construyen un argumento. En segundo lugar, la serie también contribuyó a denostar el arquetipo de policía duro, insensible y perdonavidas, del que algunos actores habían logrado hacer un arte repetitivo y monótono; completamente alejado de la realidad. Por desgracia, como toda moda resurgirá tarde o temprano. Lo importante es confirmar, en este caso que es el que nos atañe, que la serie ha provisto al mundo de la ciencia ficción de un referente de calidad, donde se mezcló la intriga y el misterio con la inteligencia y un contenido de calidad.

Fijémonos hasta que punto la serie constituye un referente que los actores, diez años después, todavía no han conseguido superar a sus personajes. Tanto David como Gillian continúan siendo devorados por Mulder y Scully, metafóricamente hablando, como Saturno y sus hijos. Lo han intentado, pero la fuerza de los personajes y de la serie les oprime y pasarán aún algunos años hasta que puedan remontar el vuelo en sus carreras. Algo similar le sucedió a Cervantes. ¿Si preguntáramos a alguien de la calle hoy, podría decirnos alguna obra de Cervantes que no sea el Quijote?

Creo haber argumentado algunas similitudes o casualidades entre la serie de Carter y el libro de Cervantes. Como toda comparación, por odiosa que sea, ayuda a comprender y a tener una imagen más clara de lo que tenemos delante de nosotros. Hay poco del Quijote en Mulder, pero hay mucho de Sancho en Scully. No me cabe la menor duda. Y mientras haya un molino sobre el que abalanzarse, también existirá un Sancho que diga: “Mire vuestra merced, que no son ovnis. Son molinos.”

Grandes Villanos IV Hannibal Lecter


Cuando el enemigo está en nuestro interior. Cuando ahogamos los lamentos y chillidos de una parte de nosotros mismos. Cuando nos afanamos en esconder a los demás, lo que puede haber en nuestro interior. Cuando no queremos mirarnos al espejo, por temor a reflejarnos en una verdad que no podemos tolerar.


Me resulta extremadamente complejo montar un hilo conductor sobre esta figura, así que aún a riesgo de parecer desordenado y algo caótico, hablaré de los distintos aspectos del personaje libremente.

Sé que Lecter no es exactamente un personaje de ciencia ficción, pero siempre tuve la impresión de que hubiera sido un personaje excelente para una historia ambientada en el futuro, donde se supone que la humanidad sería mucho más avanzada y debiera haber podido dejar más atrás sus instintos más básicos. Admito, de todas formas, que los libros de Harris, al tener un marco de tiempo más cercano a nuestra época, confieren muchísima más fuerza y realismo al personaje.

De entre todos los males que nos azotan cuando vemos a Lecter es su antropofagia reconocida. Observamos claramente que es una desviación, un descarrilamiento de la persona, pero lejos de avergonzarse, el personaje lo convierte en su forma de vida. Hace de su enfermedad, una exaltación personal y una virtud. Para Lecter, la línea entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto no es que resulte borrosa, sencillamente la ha cambiado de lugar. Ha construido su propia ética y un sistema de valores a su medida.

El segundo rasgo que define a este personaje y que, de forma natural nos estremece, es su inteligencia. Brutalidad y sabiduría son un binomio que roza la aberración, poco dado a encuentros positivos; y así es como Lecter aparece ante el espectador. Y cuidado … que no me estoy refiriendo a sus formas siempre educadas y cultas; sino a su inteligencia – la que le ayuda a escapar de la prisión, mezclado con sus largos años dedicados a la investigación de la mente humana. Lecter se manifiesta como alguien amenazador porque, a diferencia de los trastornos de personalidad, él no posee tales limitaciones. Lecter es Jekyll y Hyde a la vez, un ente único que toma lo que desea y lo incorpora a una única personalidad. Hace de sus depravación una faceta más de su psique. Matar no supone un problema, aunque deba existir un motivo: la supervivencia o incluso la diversión.

¿Es consciente Lecter de su propia locura? Creo que no hay duda. Lo es, aunque no le llama por su nombre. Sabe que lo que hace está mal, pero no dentro de su escala moral. ¿Alguien cree que he dicho una tontería? Podemos ver la misma doble moral de Lecter hoy en cualquier país en el que convivan diferentes culturas y aún menos. La pena de muerte o la ablación son manifestaciones donde se sitúa nuestra propia escala moral. Para algunos, matar a un asesino puede significar justicia, para otros no. A un nivel distinto, el personaje de Harris es el reflejo de una postura personal (ciertamente ilegal, no lo discuto). Por tanto, hay mucho de nosotros mismos en la intrincada y maléfica personalidad de un asesino como Lecter.

Otro de los rasgos distintivos que hay en el personaje es su galopante sentimiento de superioridad. ¿Cómo justifica el creador del personaje que llegue hasta tal extremo? Partiendo de su inteligencia, hasta llegar al hastío dentro de su profesión. Opino (esto es una idea personal) que Lecter debió sentirse amargado en su profesión y, en vez de huir, construyó su propia coraza hasta que ésta le dotó de una escala de valores personal. No fue algo espontáneo, sino una desviación que debió durar años; por eso el personaje sale como alguien adulto que ronda ya los cincuenta. No podía ser de otro modo. Lecter es devorado por su profesión donde ve lo peor de la vida humana. No huye de ese encuentro, pero algo se le contagia y lo asimila. Algo que acaba aflorando en forma de asesino en serie con instintos antropofágicos. El monstruo que crece en él no es el fruto de la amargura, ni del desengaño. Lecter sigue siendo el mismo, pero más enfermo y, por supuesto, más demente.

Dentro de su personalidad, coexisten dos rasgos que provocan perplejidad. El primero es su sentido de la estética y su amor por el arte. Esta cualidad es sólo atribuible a aquellas personas con formación y alma de poeta. No nos escandalicemos, pero Lecter ve arte en su obra, tanto en la pintura como en el canibalismo. ¿Cuál es el tono burlón que mejor usa un poeta? La ironía. Lecter lo es y ejerce esa cualidad consigo mismo y con los demás. Lo hace cuando da de comer carne humana a sus invitados y también cuando hace volver loco al director del centro penitenciario y al FBI.

Lo peor de Lecter, lo que más nos asusta es que no es el fruto de un matrimonio destrozado, ni de un niño con problemas de abusos. No hay a quien echarle la culpa. Aterra comprender que puede convivir un monstruo entre nosotros y que se ha gestado por que sí, sin causa aparente. Puede ayudar a una ancianita a cruzar la calle, de la misma forma que puede matarla. Siguiendo la misma escala de valores en la que cree, fruto de sus experiencias, de su inteligencia y de sus motivaciones personales.

En resumen, Lecter simboliza la maldad que puede provenir de lo más profundo de nuestra personalidad. La peor de todas, aquella maldad que disfraza su esencia y deja de serlo ante nuestros ojos; para ser sólo visible por los demás. No por ello menos cruel, ni menos despiadada. La depravación de la inteligencia; la que demuestra que también la maldad, como la bondad y el odio, es algo que no conoce castas sociales ni prejuicios, sino que puede ser algo tan universal como el amor.

Grandes Villanos III Alien

HR Giger creó en 1978 un extraterrestre abominable y agresivo para la película “Alien”. Tenía formas redondeadas y un aspecto gigantesco.

Rápidamente, esta criatura tomó el protagonismo de la película y supuso el eje de tres secuelas más.

Resulta innegable que la creación de Giger es una de las más prolíficas y extraordinarias del género de ciencia ficción. El hecho de estar moldeada a finales de los años ochenta, no hace sino dotarla de mayor encanto, romanticismo y valor. Opino que, con los métodos actuales de animación y tecnología, difícilmente podrían mejorar la fuerza que transmite en la pantalla. Recientemente, he observado con cierta incredulidad como los productores supeditan un proyecto a los efectos visuales, sin llegar a considerar la carga dramática o emocional que es, la que en el fondo, nos conmueve y nos apasiona a la mayoría de espectadores. El proyecto de Giger logra los dos puntos, tanto carga emocional – ayudado por un buen director y un proyecto – como un aspecto visual digno.

Alien posee cierta reminiscencia humana y, además, cierto aspecto de insecto que resulta temible. El autor logra dotar a la criatura de una imagen que, a diferencia de todo lo visto previamente, se aleja de la estética humana para centrarse más en la apariencia insectívora. James Cameron, que dirigiría la secuela varios años más tarde, insistió en evitar que en su película los Alien anduvieran por ninguna de las escenas, ya que el recuerdo de lo humano reduciría la tensión y el miedo a la bestia. Porque, ciertamente, Alien es una bestia inmensa, rápida, atroz y posee algo muy propio de los villanos, no tener remordimientos al actuar. Su comportamiento, enmarcado dentro la ciencia ficción, es tan lógico y coherente como el de cualquier animal salvaje, aunque potenciado por la ferocidad y la agresividad.

Para empezar a entender la importancia del personaje, debemos estudiar la primera película. Con toda seguridad, si ésta hubiera fracasado por el motivo que fuere, Alien se hubiera hundido detrás. Así que, en cierta medida, no podemos olvidar que hay bastante mérito en todo lo que rodea a la bestia, más allá del genio su creador. Además, en la película original, el monstruo de forma grande, apenas aparece en pantalla y Ridley Scott juega con el espectador al escondite para generar una tensión que, para la época, resultaba poco menos que inconcebible. Puede que últimamente nos hayamos vacunado contra este tipo de escenas en las que esperas y esperas a que suceda algo y sólo sucede cuando no te lo esperas, pero en 1977 eso no era lo más habitual. Se habían hecho muchas y diferentes películas de tensión, pero Alien fue probablemente de las mejores. Se sabe que en la escena en que Harry Dean Stanton buscaba al gato, más de un espectador abandonó la sala agotado. Todo ese mérito no es de Giger, sino del director.

El binomio película/monstruo es indivisible y casi simbiótico. La película hace interesante al Alien y éste, a su vez, hace que la saga sea inolvidable, especialmente en las dos primeras películas (Scott y Cameron). La escena en que le explota el pecho al personaje de John Hurt pasará a la historia como una de las más espeluznantes y atrevidas de la historia del cine, no sólo por su naturalidad (los actores no sabían con exactitud qué sucedería) sino por el punto de inflexión que crea; hay un antes y un después de escena dentro del film construyendo el clímax y preparando al espectador para enfrentarse al Alien.

Luego, hay varios detalles que hacen de esta criatura un villano terrible y peligroso. El hecho de que su sangre sea ácido es algo que juega perfectamente con el subconsciente humano. Muchas personas tienen miedo del fuego y da angustia ver como alguien es quemado. No basta con matar a la bestia, porque en un mal golpe, su sangre te puede abrasar. Tenemos un insecto, ágil y fuerte, cuya sangre resulta abrasadora y que ve a los humanos como una simple fuente de alimento. Otro de los grandes aciertos de Alien es que, en ningún momento, se nos plantea el origen de esta criatura. Siempre nos hicieron creer que exisitiría en la Naturaleza como tantos millones de especies más, sin necesidad de explicar su génesis. No es el fruto de un experimento de laboratorio, ni nada parecido; lo que le confiere un toque divino o maligno, dependiendo de cada uno. Hay quien pudiera verle como el éxito de la evolución; otros tan solo como el ejemplo de un demonio más que ha creado la humanidad.

Así es. Mi fascinación por Alien – que no es mucha, lo confieso – proviene de esa reminiscencia diabólica que emana de su apariencia demoníaca. Cuando me imagino al diablo, veo más a Alien que a un señor con cuernos en la cabeza y vestido de rojo. Le imagino mirándome, como el diseño de Giger, sin ojos. Solamente una boca babeante de ácido que puede devorarte sin remordimientos, sin importarle quién seas.

Alien es el prototipo de enemigo simple y mortal, contra el que estás siempre en inferioridad si te enfrentas a él, de ahí el mérito de derrotarlo. Muchos pueden creer que tampoco es para tanto, pero recordemos que se han hecho cinco películas y todas ellas de alto presupuesto. Pocas bestias han sido tan explotadas y han aportado tanto a la ciencia ficción al mismo tiempo. Pensemos que, todavía hoy, cuando alguien quiere plantear un relato en el que aparece un extraterrestre agresivo, siente la sombra de Alien en el cogote y no puede deshacerse del referente. Por algo será.

Fahrenheit 451


Este artículo constituye un pequeño resumen del comentario de texto que publiqué hace unos meses en mi página personal.


No resultaría pretencioso afirmar que Farenheit 451 se ha convertido ya en un clásico de la literatura, no sólo de ciencia ficción, sino universal. Dejando a un lado la pura anécdota del libro, que todos recordamos con reminiscencias cervantinas y quijotescas, el autor plantea una obra seria y rigurosa con un tema trascendental que pervive todavía hoy en nuestra sociedad. Porque a diferencia de otros muchos libros que fracasan o no logran abordar correctamente su mensaje, Farenheit 451 resulta tan demoledor en su planteamiento como en el contenido. La idea no se encuentra oculta detrás de la anécdota, al contrario, el tema arde entre las páginas como un fuego que es imposible ignorar y que calienta al lector hasta el final.

Muchos tienen en mente la anécdota que destaca entre las páginas de la novela; bomberos que dedican su empeño en quemar libros porque la lectura está prohibida en esa sociedad. No hay duda de que la imagen es, por decirlo de algún modo, imborrable, especialmente para aquellas personas que aman la literatura y disfrutan con ella. Bradbury consigue de esta forma tensionar al lector, casi ofenderle con una idea agresiva y descarada que ataca los propios cimientos de nuestra sociedad. Por que si hay algo que nos distingue de los animales a parte del lenguaje hablado, es también el lenguaje escrito y la transmisión de conocimientos por placer o por necesidad. ¿Qué nos deja una sociedad sin libros? Aquí, en esta pregunta, reside la importancia de la anécdota y da el pistoletazo de salida para el hilo argumental de la novela.

El tiempo se sitúa en una sociedad futura descrita con el suficiente detalle para que nos parezca distinta, si bien muchas descripciones nos resultan familiares en comparación con la nuestra y ayudan al lector en la comprensión de ese mundo. La historia se narra en un plazo de tiempo no superior a una semana, aunque gran parte de la acción se sitúa en dos o tres días que van desde la incineración de la anciana y sus libros, hasta la huida hacia el bosque del protagonista.

El espacio se limita una ciudad, de la que no sabemos su nombre sólo que está cerca de un río y un bosque que lleva al centro del país. Sabemos, eso sí, que la acción transcurre en Estados Unidos y que ese país se encuentra al borde una guerra. Los lugares que utiliza el autor de la novela son variados y están bien detallados, la casa del protagonista, el cuartel de bomberos y las calles de esa ciudad.

La novela gira entorno de varios temas importantes, pero si hay uno que destaca, por encima de otros, es la necesidad que tiene el alma humana en progresar, evolucionar por encima de las convenciones que le rodea hasta encontrar la felicidad. Esta idea, de honda insatisfacción, se percibe con rotundidad en el personaje de Guy Montag, el bombero rebelde que desconoce los auténticos motivos que le impulsan a salvar libros de la quema. No empieza esa tarea por un sentido noble de justicia o rebeldía intelectual; lo hace por motivos tan simples como infantiles, la curiosidad y la necesidad de sentirse vivo. Cuando sospecha que hay algo más a parte de su vida, algo que escapa al control de lo establecido, le resulta imposible dar marcha atrás y retomar su antigua vida.

Mezclado entre las páginas, también descubriremos ideas sugerentes y atractivas, como la lucha del individuo frente a la sociedad establecida; la necesidad de cuestionarse un modelo de felicidad general que aborrece la singularidad de las personas y tiende a la homogeneización del grupo. Estas ideas no son lejanas, sino que podrían aplicarse hoy a la sociedad de inicios del siglo veintiuno. De ahí que la novela de Bradbury tenga tanta fuerza hoy como entonces.

Y por supuesto, no puedo olvidar hacer una referencia explícita a la censura que padece la sociedad descrita en la novela. Aunque Bradbury insiste en su prefacio de 1993 que fue su amor a los libros y a las bibliotecas los que le llevó a escribir el libro, la misma idea de censura y prohibición parece anecdótica cuando la comparamos con la insatisfacción del protagonista. La idea de privación de libertades está perfectamente clara en cada una de las páginas y constituye un elemento clave en la filosofía de la novela. El autor es inmisericorde con esa sociedad, la cual describe con dureza y acaba destruyendo; pero no radica ahí la importancia de la historia, sino la actitud que los distintos personajes presentan ante ésta. Bradbury nos describe una forma de censura, pero nos habla de la lucha frente a la frustración humana. Nos habla de cambio y del ostracismo de un ciudad incapaz de avanzar, prisionera de su falsa felicidad y que destruye su futuro, página a página, con cada incendio. El autor nos describe el efecto de la quema de libros en esa sociedad y es en ese efecto, no en la causa, donde se entretiene hablando al lector de las pasiones humanas; las grandezas y bajezas, la soledad y la búsqueda de algo más, que bien podríamos llamar felicidad. En el fondo, los libros resultan una metáfora que hace referencia al conocimiento humano y la necesidad de expresarse. Acabaremos identificando las páginas de cada libro quemado con sentimientos, sensaciones e ideas que se consumen a cuatrocientos cuarenta y un grados kelvin, dando título al libro.

Ya como último comentario de esta parte y a título personal, no puedo dejar pasar la oportunidad de hablar de la quema de libros como símbolo de destrucción para una sociedad. Hace algunas generaciones, la Santa Inquisición abogó por la quema de libros como método útil y ejemplar frente al ateísmo y la herejía. Si alguien no podía leer aquellas ideas, tampoco podría estudiarlas. La metáfora de la pira como elemento de destrucción de libros no debe extrañarnos como si fuera una apuesta desesperada del autor en un futuro, porque ya ha ocurrido. La Iglesia en el pasado ha utilizado los mismos métodos para luchar contra aquellas ideas que parecían alejarse del dogma de la fe. No funcionaron entonces, Bradbury tampoco las hace funcionar en su obra y eso es remarcable. El autor no ejerce un paralelismo consciente entre ambas situaciones, pero la realidad es que existen semejanzas que se intuyen y no se dicen. El reflejo de una sociedad anclada en el conservadurismo que lucha con todos los medios a su alcance para perpetuarse en el inmovilismo resulta familiar. Una sociedad con normas tan ridículas como auténticas, juzgando o diciendo qué puede hacerse y qué no, lo que está bien y lo que está mal, por absurdo que nos parezca a nosotros como lectores resulta visible entre las páginas de Fahrenheit 451.

El final contiene una fuerza extraordinaria. Creo que se muestra acorde con la idea que el libro transmite, pero produce sensaciones tan agradables como insatisfactorias. Se trata de un final abierto, cargado de esperanza y tristeza al mismo tiempo. El mérito es del autor, de eso no tengo ninguna duda, porque no cae en la facilidad de hacer de Montag un mártir, ni un héroe. Convierte al protagonista en un luchador, en uno más de los vagabundos que guardarán parte de los secretos de la humanidad en su mente. No habrá grandes alabanzas, ni honores para él por haberse enfrentado a sus inquietudes y derrotado a una ciudad entera, con sabueso incluido. De una forma estéticamente perfecta, Montag se convertirá en un libro. La ironía no debe ser tomada a la ligera, pues se convierte en aquello que ha destruido desde que tenía veinte años. De forma consciente, los libros regresan a su estado inicial, la transmisión oral; porque es allí donde iniciaron su camino y es ahí donde no pueden ser destruidos. No sobrevivirán todos, pero el mensaje del autor nos dice que quizás sobreviva lo suficiente para hacer un nuevo mundo, mejor y más inteligente que el actual. La sociedad que no aprende de sus errores, está condenada a repetirlos; la fuerza de la humanidad está en las personas y no en los libros. El avance de todos se relaciona con la interpretación del conocimiento adquirido y de hacer un buen uso de los libros que se tienen.

Publicado orginalmente aquí:

Podéis bajaros el documento en formato pdf:

El libro puede ser adquirido en cualquier libería. Animo a cualquiera que lo lea. No es excesivamente largo y tiene la virtud de hacerte pensar.

Mi Gusto por Expediente X

Supongo que cada cuál que se haya interesado por la serie Expediente X, habrá tenido motivos tan personales, como íntimos. En este artículo pretendo hacer una pequeña exposición de cuáles fueron los míos.


Cuando la serie llegó de la mano de Telecinco hace ya quince años, ¡¿Quién nos lo iba a decir?! No mostré demasiado entusiasmo por verla. Recuerdo que yo estudiaba bachillerato en aquella época, probablemente, ya estaba terminando. Mis días transcurrían como una carrera de obstáculos, de asignatura en asignatura y de examen en examen. Estudiaba por la tarde y las clases no terminaban hasta casi las nueve y media, lo que prolongaba mi regreso a casa, hasta pasadas las diez. En aquella época, yo no disponía de televisión privada en mi cuarto; debía compartirla en el comedor de casa. No hará falta decirlo, pero a mis padres nunca les gustó la serie, así que mi primer episodio llegó al final de la segunda temporada.

Un día, por azar, empecé a seguir un capítulo. Recuerdo perfectamente cuál era, ‘#2x23 Luz Difusa’ y, seguidamente, pasaron el ‘#2x24 Nuestra Ciudad’. Fue una experiencia única e irrepetible. Desde aquel día, no pude dejar de verla. No tuve acceso a la televisión grande, en el comedor, así que me apoderé de la pequeño receptor en la habitación de mis padres cada martes por la noche. Creo recordar que vi muchísimos episodios, hasta casi la séptima temporada como un seguidor fiel. Me aferraba a la pequeña pantalla, nunca mejor dicho, con ganas de ver televisión.

¿Qué tenía la serie de especial? Aunque pueda parecer una tontería, nunca llegó a asustarme. Me refiero a escenas de tensión que pillan desprevenido al espectador y le sobresaltan. Mis amigos saben que odio eso. Y, aún sin existir esas escenas, más de una y más de dos escenas por episodio me sobrecogían. No era un temor físico, sino un terror psicológico, que azotaba a mi mente y a mi espíritu, no a mi cuerpo. Fue cuando empecé a aficionarme al cine, porque comprendí que el miedo no sólo existe en una película de horror; puede existir en la mente, tanto o más embriagador que el físico. Mi pasión por la serie continuó y, cuando pasaron el episodio ‘#3x04 El Descanso Final de Clyde Bruckman’ supe que no dejaría de verla,. Así lo hice, hasta que, con devaneos incluidos de la cadena de televisión privada, Telecinco emitió el último episodio.

No resulta fácil ser seguidor de la serie. No sólo por culpa de las cadenas de televisión, sino también por culpa de los episodios que forman parte de la mitología de la serie (mytharc, episodios sobre extraterrestres). Sus constantes giros y capciosos argumentos dificultan la comprensión, si no repasas constantemente y tienes algunos conceptos claros. Era en aquellos instantes, cuando recordaba los grandes momentos de la segunda y tercera temporada, repleta de terror psicológico e inteligencia emocional. No hubiera aguantado de otro modo.

Porque realmente, muchos de los episodios que no tratan sobre abducciones consiguen sacar a relucir lo mejor de la serie. Se montan como historias cortas que establecen una química, no sólo entre los personajes, sino también con el espectador. Los gestos y miradas de los actores, conforme avanzan las temporadas, resultan más y más fáciles de entender; mientras que muchas de las historias se vuelven más indescifrables y torpes. Ciertamente, los episodios iniciales, hasta la quinta temporada aproximadamente, desean mostrar algo más que sólo una historia de miedo.

Sospecho que es en el conjunto, y no en las partes; donde la serie consigue dar lo mejor de sí misma. Un buen inicio y un desarrollo loable y bien estructurado. Salpicado de episodios fantásticos, pero que te hacen siempre pensar. Con el tiempo, llegó lo inevitable cuando Carter, el creador, no permitió crecer a sus personajes maduraran como es debido, y lo que es peor, dejó crecer demasiado la historia hasta un punto que ya no pudo controlarla y se les fue de las manos. Me refiero, claro está, a la octava y novena temporada.

Me gusta la serie porque, en el fondo, estaba condenada al fracaso. Y no me refiero al fracaso de las audiencias, sino al fracaso de los personajes. Siempre se nos dejó claro que Mulder o Scully jamás lograrían demostrar nada. Y tanto fue así, que desarrollamos todos una cierta empatía por aquel larguirucho investigador, fiel a la verdad, inteligente y, también, un fracasado. Porque supongo que el fracaso siempre resulta mucho más atractivo que la derrota y a pocos nos interesa escuchar la historia de un ganador. A mí, los tipos con suerte y felices, pues me dan rabia. Lástima que Carter no reflejara tampoco el destino de Mulder en el transcurso de la serie.

Finalmente, me atrajo mucho la relación entre ambos protagonistas. Se decía por entonces que la inteligencia también era sexy. ¡Cuánta verdad! Porque ya no se trataba de aquella relación tan típica y mascada de las series, en la que los protagonistas trabajan para Juno, con dos caras; odiándose y amándose a la vez. Estos dos personajes sentían un profundo respeto hacia el otro y nunca dieron señales de querer cruzar esa línea. Pero el mundo no se basa en el respeto amigable de las personas, de ser así muchos de nosotros no existiríamos. Carter fue dando pistas de que ambos sentían mucho más. Nunca he criticado ese punto, sobretodo, porque la tensión sexual no explotaba en la pantalla. Sólo eran simples guiños al espectador, mientras su amistad se afianzaba. ¿Qué sucede cuándo tu mejor amigo es del sexo opuesto? En la mayoría de casos, salvo excepciones, las otras relaciones no terminan de funcionar tan bien. Pero eso es otra historia, y será contada en otra ocasión.


Lista de Episodios mencionados en este artículo:
#2x23 Luz Difusa

Fecha de redacción: 05/10/2005

Un Tema, Dos Temas, Tres Temas ...

Desde hace varios años, cuanta más ciencia ficción leo, más me convence la necesidad de que exista un tema que gire alrededor de cualquier escrito, por pequeño que sea.


Hace varios días, releí una historia corta de Ray Bradbury, “El Peatón”, que trata sobre la detención de un individuo por el simple hecho de andar de noche. Según nos cuenta el narrador en la historia, es una práctica prohibida en la sociedad del libro. Me pareció demoledor. No sólo por el hecho en sí mismo, que es una simple anécdota, sino por el contenido que va implícito en el mensaje. ¿Aceptaríamos una sociedad así? ¿Puede que esté pasando algo tan simple como esto en los días que corren?

Sin darme cuenta, me vino a la mente la imagen del pobre chico brasileño muerto por disparos a bocajarro en Londres, este verano. Me estremecí en aquel instante, quizás por la similitud o quizás porque me pareció ver una profecía cumplida, más allá de toda lógica, por un escritor cuya única visión era la palabra. ¿No estaremos más cerca de lo que creíamos a una realidad exasperadamente ilógica?

Este es un ejemplo evidente de la importancia del tema, especialmente, en los relatos cortos. También es otra prueba que demuestra que el tema suele estar ante nuestros ojos, no es algo irreal. Las historias, por ridículas que parezcan, cuando van acompañadas de un motivo que trasciende la anécdota y nos encaminan entre sus palabras hacia una idea o un concepto; en fin, destacan y sobresalen del resto. Porque el tema es atemporal, no está sujeto a la esclavitud del tiempo, sino que nos ha acompañado desde hace siglos. Como lo hace la simple idea del peatón caminando por una calle oscura, por el simple placer de caminar, y cuyo objetivo es hacernos recapacitar sobre la cantidad de estupideces que el hombre es capaz de hacer, en el pasado, en el presente o en el futuro. Al menos, esa es mi lectura del tema.

Existen muchos y variados temas que pueden surgir dentro de pequeñas historias, especialmente en aquellas que provienen de buenos escritores. Por desgracia, no es suficiente que el tema sea bueno, el ejemplo también debe serlo. Así de pronto recuerdo una historia de Quim Monzó que trataba sobre la autoestima de un hombre. Su mujer adoraba más a su pene que a él y eso, al marido, le generaba frustración. El autor propone una idea tan intensa e interesante, como explícita y violenta para trasladarnos a un ambiente obsceno donde incluso resulta fácil sentir empatía por el hombre. La misma historia, incluso en este caso, también nos propone una segunda lectura. La esclavitud del ser humano ante aquello que venera y que puede hacer daño a otros. Porque las historias, más a menudo de lo que creemos, responden ante varios temas. Especialmente las que están bien escritas.

Existen miles de temas y motivos que están ahí, esperando una nueva historia que los muestre al mundo. No es difícil encontrar alguno, por pequeño que sea; la importancia del amor sobre el dinero; el miedo al cambio y a la tecnología; el rechazo social de las personas ajenas; las consecuencias de un mundo mezquino y cruel … Sintámonos libres de usarlas y buscarlas. Pero debemos recordar que la anécdota también existe y debe ser narrada. Eso no es sólo una historia, sino un tema que se ha contado miles y millones de veces.

Fecha de redacción: 3 de diciembre de 2005

Asimov y el Tiempo

Hace varios días, empecé a leer una recopilación de historias de Isaac Asimov. Incluían una serie de comentarios sobre sus inicios y la forma en que fueron creadas. En ese libro, Asimov explica no sólo el miedo que tenía a que los editores rechazaran sus narraciones, sino también el placer que le produjo ver algunas de ellas publicadas en revistas de la época.

De sus principales argumentos, me conmovió la ingenuidad con que narraba algunos detalles y ciertos clichés de la época. Tanto es así que me hizo pensar sobre la interferencia del presente del escritor en la ciencia ficción. Muchas de aquellas ideas formaban parte de un presente que se perpetuaba con matices, por ejemplo el correo. Asimov narra las peripecias de dos carteros espaciales. Hoy en día, nos parecería ingenuo tales argumentos, porque tenemos algo nuevo y maravilloso que recibe el nombre de mail. Claro que, por entonces, lo conceptos de computador y ordenadores eran casi nulos. Hablo de mil novecientos treinta y ocho hasta mil novecientos cuarenta y dos.

Me impactó porque, digo yo, que sucederá lo mismo dentro de sesenta años, cuando nuestros biznietos se rían de nosotros por hablar de cosas tan simples e ingenuas como, quizás, viajes en el tiempo o la teoría de la relatividad. Quizás porque la ciencia ha avanzado a pasos de gigante, yo diría que incluso más en comparación, que nuestra propia imaginación (Al menos lo parece); debemos maravillarnos del camino recorrido por el hombre y la mujer, frente al ritmo del pasado, mucho más lento y torpe. Hoy la ciencia nos ha hablado mejor sobre lo que nos viene encima y las empresas de marketing también se afanan en vislumbrar un futuro brillante, que nos dejará con la boca abierta. Ciencia y dinero han creado un binomio que aparece en el telediario, aunque no seamos consciente de ello. Porque la ciencia, como cualquier producto, también ha de venderse.

Pienso, entonces. ¿Qué hubiera hecho un personaje como Asimov en nuestros días? Tal vez, si me permito lanzar mi imaginación y lo contrasto con lo que leí en sus libro; concluyo que no hubiera publicado nunca su obra y hubiese desistido de ser escritor. Reconoce, en el libro, que le daba pánico que nadie quisiera su trabajo. Y cuando uno de los editores le recomienda que escriba mucho porque pasarán más de diez historias antes de que publiquen una, él se lanza a la labor de conseguirlo. Con el bagaje literario y los cambios que se están sucediendo en el mundo literario en nuestra sociedad, me inclino por pensar que lo hubiera dejado. Tal vez, con algo de suerte, hubiese creado un blog en algún servidor y se hubiera entregado a una vida aburrida y una serie de páginas web en las que publicar.

Y no me comparo con él; que nadie se lleve a confusiones. Más bien lamento la ingenuidad del pasado, de un tiempo en el que costaba más escribir y hacer una novela suponía un esfuerzo mayor. Con máquinas de escribir ruidosas, sin ordenadores ni procesadores de texto, que nos simplifican las revisiones. Sin la posibilidad que nos brinda hoy internet de publicar nuestro trabajo, para quien quiera leerlo. Pagando, eso sí.

Yo no gano dinero por escribir, pero reconozco que me divierte. Incluso más que leer, aunque soy consciente de que haber dicho algo feo. Creo que en nuestra sociedad, Asimov se hubiera perdido en el tiempo, madurando como escritor anónimo. Algún día, hablaré más en profundidad de él, por ahora, basta con decir que reconoce que su carrera fue a mejor, pero a un ritmo lento en comparación con otros. Por lo menos, él lo consiguió … otros no tendremos tanta suerte.

Publicado originalmente en:

Excusen mi Subjetividad

Este artículo intenta ofrecernos una perspectiva diferente sobre los argumentos con los que acostumbramos a expresar nuestros gustos o desagrados por la ciencia ficción. No intenta convencernos para que nos guste, sino que pretende que nuestras reflexiones profundicen un poco más, a pesar de que sean subjetivas.


Publicado originalmente en: http://www.expedientex.org/index.php?2005/12/03/2-me-gusta-la-ciencia-ficcion


Cuando se trata de llegar a un cierto grado de consenso en el arte sobre lo que es bueno o lo que no lo es tanto, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que se trata de una tarea imposible. Analizar o intenta explicar por qué un libro es una obra maestra o, simplemente, es bueno, puede llegar a ser una auténtica cruzada. Los gustos o las sensaciones subjetivas que percibimos en el arte pueden llegar a ser una variable incontrolada en el análisis, aunque yo prefiero creer que no. A menudo pienso que, de la misma forma que hay gente que los árboles no les permiten ver el bosque, el desagrado de una forma de arte o, de una simple historia por culpa de su temática, puede impedir ver una buena obra. Pongamos un ejemplo: decir que ‘Romeo & Julieta' no es una buena historia de amor porque no te gusta el teatro, la literatura inglesa, el romanticismo o la literatura del siglo XVII; creo que no serían argumentos válidos, sino excusas. En cambio, supongamos que yo dijera que no considero a ‘Romeo & Julieta' una gran historia de amor, porque opino que el suicidio no podrá ser una expresión de amor sincero y eso me desagrada; aquí la cosa cambia.

Y es en el gusto o en el desagrado desde donde me gustaría iniciar este pequeño ensayo sobre la ciencia ficción. Si el lector cree haberme entendido mal, al intentar hacer una reflexión desde un punto de visto subjetivo, se equivoca; ya que esa es mi intención. Ya he dicho antes que no busco excusas en las preferencias o en los desagrados, sino argumentos que sostengan esas apreciaciones. Cuando alguien me ha dicho alguna vez: “No me gusta la ciencia ficción”; acostumbro a hacerle la misma pregunta: “¿Por qué?”. Las respuestas acostumbran a ser excusas: “no me gusta la acción”, “son irreales”, “son absurdas” etc. Pero aún así, las excusas no son una exclusividad para la ciencia ficción, son innatas en los gustos o desagrados del ser humano. Acostumbro a oír excusas parecidas cuando pregunto a otras personas por qué no les gustan las historias románticas. Las respuestas más comunes en esos casos son: “son un rollo”, “siempre es lo mismo” o “no paran de hablar”.

Llegados a este punto, creo que la mayoría de lectores pueden entender cuál es mi punto de partida. Creo que la ciencia ficción como género, ya sea narrativo, cinematográfico, teatral etc. ha caído en el pecado de la popularidad. En el momento en que algo gusta, se suele caer en las excusas, tanto para decir algo bueno como para algo malo. Pero esta caída libre no es una exclusividad del público, sino también de la crítica, que observa como el volumen de obras de ciencia ficción inunda el mercado para satisfacer la demanda; a veces con cierta calidad y otras como puro rancho para las masas hambrientas. Al final, muchos acaban pensando que los consumidores de ciencia ficción son incapaces de apreciar argumentos válidos para defender este género. Bajo mi punto de vista, no es menos cierto que muchos seguidores de ciencia ficción tengan el mismo problema que muchos lectores de novelas rosa; puro y simple mal gusto. Pero asegurar que toda la literatura rosa, como toda la ciencia ficción son géneros de segunda categoría, supone situarse al mismo nivel que los ávidos consumidores sin paladar de estos géneros.

La ciencia ficción, como género artístico, no puede escapar de estructuras o mecanismos que den vida a las historias; ya sean recursos literarios o cinematográficos. Tanto si nos gusta la ciencia ficción, como si no nos gusta, deberemos hacer un esfuerzo para entender un argumento, ver una evolución en los personajes, entender un marco de tiempo y/o extraer un tema o una idea que el autor nos haya querido transmitir; por ejemplo. La literatura realista, social, histórica o de ficción; no podrá jamás escapar de unas reglas básicas que cualquier escritor, ya sea de novela, teatro, verso etc. deba seguir. La ciencia ficción no es un cheque en blanco para el autor, sino una ampliación de los horizontes de la imaginación.
Existen reglas y la ciencia ficción no debe saltárselas, como tampoco lo deberían hacer otros géneros literarios. Llegados a este punto me gustaría centrarme en un aspecto muy concreto de la creación artística: el tema. El tema es aquella idea que el autor nos intenta transmitir por encima de la anécdota y los hechos. Los temas suelen ser universales y comunes en culturas diferentes. Pongamos algunos ejemplos: el afán de superación ante las adversidades, la lucha de una madre por su hijo, el ansia de libertad, ser capaz de perdonar a pesar de las injusticias recibidas etc. ¿Alguien puede asegurarme que la ciencia ficción no puede abordar estos temas? Pretendo dejar claro que, por el hecho de que tenga más recursos que otros géneros, no implica que una novela de ciencia ficción sea mejor o peor que otra de un género distinto; ni tampoco puede desentenderse de la forma, por ejemplo, de la presentación, el nudo y el desenlace como esquema. El gusto o desagrado por la ciencia ficción no debería ser presentado como una excusa, sino como un argumento.

Tal y como decía antes, la excusa de que la ciencia ficción es comercial, no me sirve como argumento para expresar agrado o desagrado por la ciencia ficción. También he intentado argumentar como la ciencia ficción no escapa de unos procedimientos artísticos y estructurales. ¿Qué tipo de argumentos daré por válidos? Todos aquellos que no sean una excusa y estén controlados por la subjetividad. Lo cierto es que no parece una tarea fácil y, tampoco objetiva, pero con unos pocos ejemplos creo que el lector podrá entenderlo mejor.
Personalmente, no me gustan las injusticias. Me pongo violento cuando leo un libro o veo una escena que aborda la injusticia y se recrea. Por tanto, puedo asegurar que si veo una película sobre ese tema, no importa si los hechos suceden en la prehistoria, están basados o no en hechos reales o, casualmente, son de ciencia ficción … sé que no me van a gustar. Entiendo que la gente pueda argumentar que no le gusta la ciencia ficción, porque entiende que no es necesario o le desagrada ver o leer de una realidad en que las reglas de la ciencia pueden cambiar. Eso es un argumento, no una excusa. La excusa o pretexto sería decir que la ciencia ficción no me gusta, porque es irreal.

Tal y como apunta el título del ensayo, a mí me gusta la ciencia ficción. Como argumento a mi subjetividad, me gustaría explicar por qué. Me gusta la ciencia ficción porque es capaz de mostrarnos y hacer hipótesis sobre un futuro mejor, aunque con los mismos problemas que tenemos ahora. Me gusta la ciencia ficción cuando veo que es capaz de tratar temas en situaciones distintas, para darnos a entender que el futuro no está en los hechos distantes e inventados, sino en nosotros mismos, pero, como decía Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.